Me despierto con ganas de ir al servicio, acompañándome en la vuelta a la consciencia el cansancio en los músculos y un pájaro carpintero instalado en mi cabeza; con tanto invitado no he reparado en que la situación no es la idónea, Laura está durmiendo, pero aún dormida me tiene una pierna aprisionada y el brazo tras su espalda, (¡que tía!) como una llave de lucha americana, sintiendo esa sensación estúpida de que te están asfixiando el brazo, espoleada por la incapacidad de poder moverlo. Y yo con ganas de ir al servicio. Pero calma, que no cunda el pánico. Veamos, estoy en el sofá-cama, pegado a la pared del lado en el que hace unos minutos dormía aunque parece que llevase siglos despierto y paralizado. La ventana me cierra el paso por el lado de la almohada (que no cunda el pánico y unos cojones, noto la mano amoratada, retorciéndose en toneladas de materia infinita) siendo el último lado el más inquebrantable de todos, el protegido por Laura, por su sueño, infinito mientras dure, aquel que no quiero turbar.
Lo veo complicado, así que pienso, sigo durmiendo, pero no puede ser. No me lo creo ni yo. Imposible. Que idea, a estas alturas, es de risa. Tengo pis, y por lo que parece bastante.
La única posibilidad de tierra firme está a los pies del sofá cama, que ahora veo en la penumbra, como un lejano reino milenario con servicios de oro y diamantes al que ansío regar, digoo… llegar. Mi camino de Santiago doméstico. Un viaje, donde no está permitido el fracaso ni la retirada, un Vía Crucis por los derroteros del orín y el escapismo nocturno.
Empiezo a moverme lentamente, otro problema que no he indicado antes, es que estábamos cubiertos por una manta de color rojo, preciosa cuando la usabas para no salir desnuda a la terraza pero que ahora en cambio se mostraba feroz, enredada en sus pies y de paso en los míos cuando hacía un rato nomás era caperucita roja.
Empecé a probar algún movimiento a ver si había escapatoria, Así no sentiría esta sensación arrugada en el estómago, por la impotencia por no poder moverme; así no me sentiría como un perro sin su árbol favorito cerca.
Por si acaso.
Muevo la mano derecha, abro y cierro, estiro el brazo, (100% actividad 0% acción, vamos, haciendo el canelo) cómo si eso pudiese dar ánimos a mi otra mano, que gilipollas, mi brazo ha visto su sueño hecho realidad, y al verse así, se siente mucho peor. La pierna calentita, eso sí, gracias por preguntar, un calor axfisiante que hace como si esta extremidad tuviera corazón, (porque lo siento latir, cojones).
Tantas cosas y aún no he avanzado ni un milímetro hacia la libertad. Hacia la paz, hacia el peace.
Respiro profundamente y te miro dormir, te digo adiós, ante las aventuras que seguro tendré, los obstáculos por sortear, (la batalla de la manta, escapando de las raíces, la serpiente…) en tres metros de distancia, ahora infinita.
Hay que actuar. Tomo aire y empiezo a girar sobre mi propio eje para que la mano pueda salir de tu espalda, hace unas horas un rompecabezas, ahora una plancha de acero forjado sobre mi brazo, que imagino planchado como en los dibujos animados. Me entra la risa, pero me contengo a tiempo, reírme sería fatal, el cuerpo moviéndose como una descarga, como un pájaro carpintero (siempre en todas partes), te despertaría seguro. Trato de variar el ángulo entre el brazo y el pecho, me pongo inclinado hacia el lado de ella, pero no así como pensáis, a gusto, cuando estás en la cama (solo) y dejas que el cuerpo ruede, hasta dejarlo descansar en ese espacio definido que llamamos postura. No, esto era “heavy yoga”, mi espalda tiesa como un tablón, de cintura para abajo quieto completamente, soportando la torsión resultante de que el pecho y las piernas estén a un ángulo de 90 grados, y subiendo, rojo como un tomate (si te despertases ahora y me vieras te daba un síncope, a dormir otra vez guapa, pero esta vez el sueño eterno).
Y en la mente una consigna. Trata de arrancarlo, trata de arrancarlo por Dios! (no le funcionó a Luis Moya, me va a funcionar a mi).
Pero de repente, ya de vuelta a la horizontalidad, te mueves un poco, aprovecho que tus piernas se separan para desenredarme con una facilidad pasmosa, quién lo diría minutos antes, esos minutos que parecían eones, (mejor dicho, meones)
(“La batalla de la manta” y “Escapando de las raíces” quedan pospuestos hasta nuevo aviso)
Ya sólo queda el brazo, y yo ya me siento con el viento a mi favor, en plan salvar al soldado Bryan, con la fe que mueve montañas de mi parte, me muevo un pelín hacia atrás para tener suficiente espacio cuando gire el cuerpo sobre si mismo, ya liberadas mis piernas, contribuyendo a la inminente victoria, sigo girando un poco más y así va saliendo el brazo tirando de él hacia atrás, concentrado en cada mínimo movimiento, centímetro a centímetro mi brazo cual serpiente escapaba de la guarida de tu espalda, de mi refugio en tu espalda.
Sale la mano…y en la quietud de la noche allá afuera, sobreviene el ruido de una señora echando agua a las macetas, un sonido persistente comienza a desalojar el silencio y de paso mi calma (el viento de antes me golpea en la cara), agua cayendo, líquido elemento escapando de la regadera y derramándose en la maceta a la hora más inoportuna, mi vejiga decidida a seguir sus cantos de sirena… eso no, joder, eso es una jugarreta del destino, que no quiere que llegue, cabrón, quieres ver cómo me lo hago encima y que me llamen el dodotis, eso no, nunca.
Me muevo algo más rápido, reptando hacia los pies del sofá-cama, comprimiendo la vejiga cual maestro de Yoga, al fin mis pies sobrepasan el umbral de la materia, se quedan suspendidos en el aire. Vuelve la calma y me lleva a posar los pies e incorporarme, doy unos pocos pasos y ahí está, al fondo a la derecha, como tiene que ser. Las sacro-santas puertas del baño. Ahí es cuando uno valora los pequeños detalles: uno mira con cariño hasta la taza del vater, ese sitio que es como morir, porque se lo lleva todo y luego, cuando estás vacío y sientes que no queda nada, la paz. Renacer. Mientras estoy en mis asuntos pienso que tendría que escribirlo, (me da tiempo a pensar bastante porque llevaba horas sin ir), con una cara de satisfacción en aumento, pensando cuantos litros habrán escapado de mi cuerpo, si tengo una vejiga o un container de pis…esas tonterías.
Cuando acabo, me lavo las manos, me dirijo a la cama y… está despierta! Lo que me hace pensar, cuánto tiempo lleva despierta? he estado contorsionándome como un especialista circense, luchado contra la plancha, contra los cantos de sirena…para nada?
Pero me lo guardo para mí. Vuelvo a tu lado, rejuvenecidos cien años, fuerte y confiado, tras la victoria cual Ulises al regresar a su Ítaca, donde me reciben unos brazos que no son ramas, piernas que no son raíces y besos que tampoco son de este mundo.