Uno no sabe

Uno no sabe

Uno no sabe donde están esos ojos que uno debe mirar, al menos una vez en la vida, para que haya sentido en las búsquedas y las estrategias, que tengan motivo las horas en la azotea, observando el mundo desde arriba, a la altura de los pájaros, con la calma de las diminutas arañas rojas que tapizan el suelo, un poco despegado del rumor de la calle y las personas de allá abajo. Allí donde la mirada adquiere profundidad, abandona su espacio contenido y no solo recibe lo de fuera sino que se desplaza, quedándose pegada a una paloma, una nube a la deriva, un atardecer; me arrastra consigo y experimento todo lo que puede abarcar un instante. Lo que llenan las cosas cuando te quedas vacío de actividades superfluas. Sin nada más que hacer que permanecer ahí, a la velocidad de aquella nube. La lista de prioridades se reorganiza casi automáticamente, sintiendo la noche que se aproxima, se separa lo urgente de lo importante como el agua del aceite, así de fácil, haciendo justo lo contrario a lo que se suele hacer, pensar hasta la extenuación.

Uno no sabe donde están esos ojos, y lo peor es que uno no sabe si tal vez han estado antes pero no fue capaz de verlos, o peor, tenerlos frente a uno ahora mismo y no reconocerlos por estar metido en una equivocación, solapados en el nombre del amor celos y posesiones, autopromoción y regates poco fructíferos a la soledad.

Para eso están esas horas, para quitarse la lista de velos, el polvo en la mirada. Para comprender, analizar sin prisa nuestras acciones, dejar que las sombras se escurran por la fachada, y así regresar a la altura de las aceras y las personas, con mi brújula orientada hacia tu Norte, aprendiendo a no rendirme del todo, poder esperarte y así, cuando al fin reconozca esos ojos que uno debe mirar al menos una vez en la vida, recorrer un día el camino abierto desde tu mirada hasta el fondo de tus ojos, enemigos de puntos finales e imposibles, y reconocerme en ellos.

Recorrer un día esa mirada esperando que detrás estés tú esperándome.

Razones

Para qué un blog

Para qué escribir un blog. Para que se nos oiga, será. Para implicarnos con nuestro mensaje y no decir cosas por decir. Para tratar de explicarnos, alejar los límites que nos hemos colocado con los años y los dogmas impuestos hasta que estén tan distantes que pierdan su razón de ser. Ir despertándonos del sueño de lo que creímos ser y no somos. Acallar las dudas del destino con pasos certeros. Redescubrirnos.

Comenzar de cero con el convencimiento de que lo que viene tiene que ser mejor; observar la vida, Madrid o la ciudad que toque, sin el polvo de los años y las rutinas; tratar de desenvolver el regalo de la noche en una esquina o un detalle que pasa desapercibido ante tantos pares de ojos, un papel arrugado con una frase sin acabar bajo la escoba de un operario de limpieza, un gato dibujado en una acera acariciado por un niño, el engaño permanente en unos ojos, la decepción en los que la acompañan.

La única posibilidad que tengo de no darme por sentado, gastarles bromas a los tropiezos, y al final salirme con la mía.

Y también se hace por ese nombre tuyo que no se despega de mis labios. Fuiste la causa y ahora sólo soy producto de las consecuencias. Escribo para traducirme, y tal vez desde ahí empezar a entenderte. A fin de cuentas cada palabra que gobierna mis frases suele tener el sabor de tus ojos verdes, e interrogan a un corazón cogido siempre por sorpresa, desperdigando los mil estados del alma en capítulos de una misma historia. Ya se ha probado la tragedia, el dolor, la pérdida, derrotada como la función que no se estrena, la tinta que no tejió las palabras necesarias para despertar con ellas. He probado tus labios, te he esperado y querido sin razones.Esto ya es una historia de amor por derecho. Sólo le falta un cronista con ganas de escarbar en los espacios que nos juntaron, unos cuantos afuera, el resto completamente dentro.