Madrid y sus noches

Un ángel en un bar de Madrid

Anoche había un ángel en un bar de Madrid. Lo sé porque estaba allí, alimentándome del humo, de las copas, de miradas fugaces llenas de urgencia algunas, aritméticas y automáticas otras, cansadas casi todas, a pesar del esfuerzo inútil por disimularlo con antiojeras, rimel, sonrisas de mentira y enlatadas.

Un bar es un lugar que frecuenta gente que tiene cuentas pendientes con la vida, un par de rencores inconscientes quizás, que echan algo de menos o esperan lo que no pueden tener. Lo podemos llamar sexo, pero a veces simplemente es constatar que aún podemos gustar a una mujer, sentirnos bellos con según que miradas. Casi siempre es el miedo a la soledad el que nos lleva a estos lugares, tan llenos y a la vez tan vacíos, rodeados de esa artificialidad generalizada, pero aún así seguimos frecuentándolos porque a diferencia de otros lugares, aquí puedes seducir o intentar seducir con más garantías de éxito. Tratar de acorralar a la soledad. Y además seducir es divertido, pero no vayamos a confundir el juego de la seducción con el de la necesidad.

He jugado las dos variantes. He olvidado nombres y apuntado números de teléfono que no quise marcar, memorizados sólo como refugio del ego. He dejado mis besos urgentes a cualquiera que me devolvía la mirada, a precio de saldo, he ardido en fuegos llenos de ceniza, me he levantado con el alma cansada y he mirado inquisidor al espejo por si me sorprendía  alguna mirada que quisiera quitarme estas muescas frías en los labios. Solo encontré un poso de tristeza bien oculta a los ojos de la gente. Nada más.

Un éxito fugaz, la conquista, que sólo respira hasta pasado mañana, porque no es lo que uno busca a pesar del tiempo que se le dedica, que la vida es otra cosa, aunque su sabor prestado respira unos días más y otorga una belleza efímera (cualquier sensación prestada está condenada a desaparecer) adulterada desde el principio pero que en ocasiones más nos vale no dejar escapar esa sensación mientras dure. Más nos vale.

Las cosas cambian cuando intentas honestamente vivir como piensas, y no pensar como vives. Que la vida sea la mejor consecuencia por nuestra causa. Que no nos conformemos con sueños mediocres al alcance de todos. Los buenos sueños son exclusivos, no puede ser de otra forma.

Ahora voy a los mismos bares, pero todo cambia porque mis causas son otras. No necesito nada más que disfrutar el momento sin esperar nada. Sólo compartir mi vida con algún ángel distraído vale más que los besos torpes que di tiempo atrás.

Ayer, a pesar de la gente, estabas tú y tu amiga, mi amigo y yo. Nadie más. No había camareras provocándome suspiros ni el relaciones públicas (así podrían llamar a los bares de copas) nos invitó al chupito de whisky de rigor, para brindar por lo que sea pero brindar, nadie empujándonos al pasar por tu lado ni por el mío. Nada de chicas pretendiendo seducirme a base de codazos,  roces y sutilezas en su memoria de alcohol. Otras noches puede que lo lograran, pero no anoche.

Porque anoche había un ángel en aquel bar de Madrid.

Estabas en el lugar con más clase del bar, no podía ser de otra manera, el más surrealista, como esos cuadros de Van Gogh que los que ven con ojos sin sueños consideran horribles; un sitio destinado a un ángel, con las luces girando suaves sobre tu cabeza, nubes azules moviéndose como olas en la pared. Una pista inconsciente que generosa dejabas por si alguien miraba las señales…

Te movías tan etérea que se antojaba suicida tratar de pronunciar tus pisadas.

No llevabas alas pero te reconocí por la mirada, por tu cara que mal esconde alguna luna, con esa belleza de otro tiempo, de siempre. Fuera de los círculos de la edad. A salvo del paso inexorable del tiempo.

Tus ojos aleteaban regalando miradas, posándose en los míos de cuando en cuando, diciendo a gritos a quien quisiera o supiese escuchar que la vida no es instrumento ni de cobardes ni de ciegos.

Pensé, mientras veía lo bien que se mueven los ángeles fuera de su cielo, que haría un ángel en aquel cementerio de alas caídas. Un refugio para torpes, felices si mañana se parece al día anterior, viviendo la aventura en una serie de televisión, en un libro lleno de bostezos que pasa sin pena ni gloria por nuestra retina.

No tenías alas, pero no hacía falta, bastaba mirarte para entender que eres de las que se cuelan en los rincones de nuestra vida para probarnos de qué pasta estamos hechos, como pruebas invisibles que al verlas tenemos que realizar, o no. Agujeros negro que nos arrastran irremediablemente a su centro.

Imaginé lo bonito que sería poder formar parte de tu vida un momento.

Entonces me pregunté que podría regalar a un ángel que no tuviera. Otros lo intentaron antes, pero no sabían que eras un ángel y te ofrecieron carne y sudor, materia y energía degradada a calor, como si fueras igual al resto, una humana más.

Con cada pensamiento racional cada vez sabía menos, más teorías se apilaban sobre mi determinación. Estaba condenado a no acercarme a ti, pero tu mirada  me desarmó una vez más, y así, con toda la naturalidad del mundo, sin la carga de las maneras comunes y gastadas de acercarme a alguien, supe que podría regalarte pasión, que no sexo, ilusión, y no mentiras convenientes; simplemente mi corazón en bandeja reflejado en unas palabras escritas desde un lugar ajeno a la lógica:

Esta locura viene de ver ángeles con alas blancas entre humanos que sueñan con que mañana sea un poco mejor, mientras nostalgian besos que nunca recibí (ni recibiré) de ángeles como tú”

El mensaje estaba escrito y ya no había marcha atrás. Saldría de ese bar mirando al cielo o a sus nubes. La prueba invisible estaba a la vista.

Me olvidé de lo cobarde que he sido en tantas ocasiones; comprendí que no soy el mismo del día, del mes anterior. Y sin pensar fui a tu lado, rompiendo de una patada las rutinas perezosas del quiero y no puedo.

No salieron las mejores palabras de mi garganta, rota por los excesos del día anterior, acallada por el volumen de la música, ni dominé los nervios en ciertos momentos, pero estuve jugándome el alma contigo, y cuando se hace, siempre se sale victorioso, porque la vida es para tener el valor de probarnos cada día, de luchar por lo que creemos que merece la pena.

A veces cuando pierdes, ganas.

Ella leyó el mensaje, la primera de manera casi automática, con dudas sobrevolando su cabeza, quizás preguntándose de que iba todo esto; pero seguimos hablando y comprobó que no era un tipo raro,  sino una persona que simplemente comete la locura de arriesgarse, que está aprendiendo a dejar de lado la lista de haceres y deberes cotidianos y se empeña en ser él mismo, pese a quien le pese.

Al poco fuiste tú la que me pediste el móvil para volver a leerlo, aunque en el fondo esa era la primera vez, y se sintió orgullosa por que esas palabras la tuvieran a ella de destinatario. Nos despedimos y me fui de aquel bar con la vista en el cielo y feliz por haber luchado por un sueño. A mi manera, lo conseguí, y aunque me encantaría no hay nostalgia de no volver a verte, porque hay más ángeles rondando en este escenario cambiante que es la vida, esperándonos hasta que estemos preparados.

Me sumergí tanto en la vida aquella noche, que cuando salí afuera sólo veía en el resto de la gente una procesión de escaparates.

Espero que te tomaras el mensaje como una poesía onírica y creas que te llamo ángel como un recurso poético, que no pierdas esa naturalidad que da el intuir pero no saber cuánto vales y lo bueno que puedes sacar de la gente que tiene la suerte de cruzar sus pasos con un ángel.

Me fui a casa, porque mi vida de normas estúpidas me requería allí. Me despedí con dos besos y un cuídate. Por respeto a un ángel, llegué más tarde que de costumbre. Cuando llegué a la habitación sentí un cosquilleo en la espalda, y dormí feliz, envuelto en plumas blancas con destellos azules.

Aunque no hubiera estado mal que me hubieras invitado a tu cielo, ese que no alcanzo.

Octubre 2005