Desahucio

DeSaHuCio

También les llegó la orden de desahucio a muchas palabras, La casa del indulto, que antes alojaba a individuos recuperados para vivir en sociedad, los enjuiciados erróneamente. Daba humanidad a la justicia, saliendo un poco de la regla, usando artículos del corazón y no la caja registradora. Pero progresivamente, empezó a usarse para alojar a políticos y policías, jueces y obispos. Era necesario que no hubiera registro de la torpeza de haber sido pillados, antes se les castigaba a escarnio semipúblico para justificar la funcionalidad óptima de la Justicia, y luego se los sacaba por la puerta de atrás, cuando el pueblo tenía el siguiente cabeza de turco para volcar nuestro odio y sentirnos mejores personas. Mejores estúpidas personas.

Cuando la fórmula del indulto comenzó a resultar demasiado evidente,(los indultados se salían literalmente por las ventanas), decidieron que sería más práctico excusar y defender a los que seguían sus órdenes, no manchar historiales de antidisturbios, como si fueran una suerte de Rey Arturo y Lanzarotes, con la justicia emanando del corazón, puros y libres de toda culpa.

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Ascensor

Desalojo

Se abrió la puerta del ascensor y recibió una bofetada de calor con olor a cerrado. Llegó al vestíbulo y lo encontró tan desnudo que decidió llamarlo desníbulo. Sobre los pomos de las puertas se depositaba el polvo como nieve perpetua, ya no eran las mismas puertas que sacaban a la calle ni te recibían cuando tocaba regresar, en aquellos tiempos rebosantes de ruido, tan molesto entonces hasta que el silencio de ahora se colaba como el frío en los huesos, devorando una a una las anteriores quejas. Tan antinatural en aquel lugar que daba vergüenza oírlo por todo lo que contaba, en esos momentos el felpudo del “welcome” más bien parecía un “I miss you” o un “hasta nunca”.

Ya no esperaba encontrarse a esa vecina mayor que tocaba el piano, ni los maullidos tan inteligibles como insistentes del gato de enfrente cuando se quedaba solo. Los sonidos también habían sido desahuciados como tantas familias meses atrás. Aquello no era un bloque de viviendas, sino una cárcel de vacío, cámaras acorazadas a la vida propiedad única y exclusiva de una moneda con más de una cara.

Dándose por vencido, pulso el único timbre que le respondería. Se abrió la puerta del ascensor…