Ascensor

Desalojo

Se abrió la puerta del ascensor y recibió una bofetada de calor con olor a cerrado. Llegó al vestíbulo y lo encontró tan desnudo que decidió llamarlo desníbulo. Sobre los pomos de las puertas se depositaba el polvo como nieve perpetua, ya no eran las mismas puertas que sacaban a la calle ni te recibían cuando tocaba regresar, en aquellos tiempos rebosantes de ruido, tan molesto entonces hasta que el silencio de ahora se colaba como el frío en los huesos, devorando una a una las anteriores quejas. Tan antinatural en aquel lugar que daba vergüenza oírlo por todo lo que contaba, en esos momentos el felpudo del “welcome” más bien parecía un “I miss you” o un “hasta nunca”.

Ya no esperaba encontrarse a esa vecina mayor que tocaba el piano, ni los maullidos tan inteligibles como insistentes del gato de enfrente cuando se quedaba solo. Los sonidos también habían sido desahuciados como tantas familias meses atrás. Aquello no era un bloque de viviendas, sino una cárcel de vacío, cámaras acorazadas a la vida propiedad única y exclusiva de una moneda con más de una cara.

Dándose por vencido, pulso el único timbre que le respondería. Se abrió la puerta del ascensor…