Tu optimismo es mi desánimo

Reflexiones apolíticas

Si a todo político con responsabilidad se le quitará de su sueldo el porcentaje de paro en España, no creo que fueran tan optimistas; no verían señales de recuperación, ni desaceleración en la destrucción de poder adquisitivo. Habría que añadirle otro tanto por ciento por los jóvenes que han emigrado; trasplantar las raíces de nuestra sociedad, constatada la debilidad manifiesta del árbol, no, no es el mejor momento. Si tuvieran que pagar de sus honorarios todas las horas extra de todos sus antidisturbios (que debería estar estipulado como seguridad personal), porque no veo que defiendan a nadie más..si las mentiras que pudieran contrastarse en las hemerotecas les descontaran euros y euros. Si su menú diario (cuando van) costara lo que nos cuesta a nosotros que ellos lo disfruten. Si se olvidaran de tanto desfile y ostentación, tanta publicidad y propaganda. Las mentiras siempre son más caras de sufragar, no es lo mismo mostrar que convencer. Mostrar es un fin en sí mismo, convencer es un medio para alcanzar nuestro fin.

 

Experiencias manifiestas

Experiencias manifiestas

Salgo de la boca de metro de Tirso de Molina y me dirijo hacia Las Cortes, me quedo muy lejos, un grupo de unos veinte antidisturbios sin identificación, con casi una decena de lecheras, nos aguardan al principio de San Jerónimo con Sol. Empiezo a entender que va a ser complicado acercarme a las Cortes, aunque oigo a los leones desde donde estoy, si esto fuera Game of Thrones, saldrían de su encierro y arrasarían el parlamento abriéndose paso a dentelladas. Pero cualquier lugar es bueno, así que me sitúo cerca de ellos. Os miro a la cara uno a uno, registro vuestras expresiones ante los acontecimientos, me quedo parado más de una hora sin moverme de mi sitio, con las manos en los bolsillos, mirándoles, sin pronunciar palabra alguna, tratando de empatizar con ellos, que cojones pasa por su cabeza, por qué algunos tienen la sangre tan oscura. Voy observando su baile de movimientos, memorizando sus caras, identificando quien es el que manda, aquel grandote de mirada concentrada, manteniendo la calma, contenido y en su sitio. No parecía un mal tipo.

Luego estaba el que trata con la gente que quiere pasar a sus casas, con paciencia infinita, la verdad sea dicha.

O los antidisturbios os hacéis como los Amish, y vivís solo entre vosotros, o vais a ver vuestro muro derrumbándose, vuestro entorno resentido, pagando con creces vuestra cobardía. Ser hijo de antidisturbios será insulto coloquial, y sí, es verdad, todavía no ha llegado ese momento, pero llegarán, y llegarán otros, cuando dejéis vuestro trabajo y pare la actividad frenética, os desliguéis con hilo fino de vuestros ex-compañeros, y vuestro karma se abalance sobre vosotros. Recordad que la culpa la estáis escribiendo de propio puño ahora. La lepra con sangre entra.

Tendríamos que ir, día tras día, y memorizar sus caras, todas ellas, saber quienes son los perros de presa. Identificar a los topos convertidos en manifestantes en primera línea de playa, curioso eso de jugar uno sólo creando disturbios que luego antidisturbias, los daños colaterales que importan. Los vencedores son los que redactan la historia. Un tipo puede que se quede bien jodido pero qué más da, os habéis ganado ochenta euros. Felicidades.

Sentimos lo de la paga de navidad.

Y me da por pensar que nos tienen más miedo a nosotros que nosotros a ellos. Que estar ahí plantados delante de tanta gente, algunos insultándolos, pero otros sacando alguna sonrisa con algún cántico improvisado, era un recordatorio continuo de que están tomando decisiones incorrectas, que bajo la pila de platos de las auto-justificaciones hay algo que late y que sabe la verdad, que se están equivocando de lugar, cada vez que les recordamos si su familia estarán orgullosas de ellos. Supongo que algunas familias si, como la del antidisturbios que estaba a la derecha, si mis ojos no me fallan ese tipo no es el problema, en todas las familias de lobos a veces sale uno blanco.

Veo amargura en casi todos vosotros. Nos odiáis, mucho más que nosotros a vosotros, porque nuestro verdadero odio está muy por encima de vosotros, sólo sois perritos fieles. Mi lema es: no les des la satisfacción de que te toquen. No es muy difícil ser más listos que ellos, no seamos tontos.

Yo también me siento amargo, pero se pasará rápido, encontraré nuevas fuerzas, yo no tengo que cargar con vuestro insomnio, ni filtrar la basura que os echáis a vosotros mismos.

La excusa de cumplir órdenes ha quedado demostrada de nuevo, que bien no ser el responsable de vuestros actos. Lo malo no es sólo que las cumpláis, es que deseéis que se os den esas órdenes. Y no sois todos, hoy lo he visto, pero de momento sois una anécdota, una minoría que no llega a un escaño. Suerte y haceros un titular.

No quiero entrar en las Cortes, tranquilos, detesto los lugares pequeños con el aire viciado, quiero que salgáis para ver lo que hay fuera, para que despertéis de vuestros juegos de poder y os hagáis de una vez responsables de vuestros actos. No os deseo ningún mal, solo conciencia.

Madrid y sus noches

Un ángel en un bar de Madrid

Anoche había un ángel en un bar de Madrid. Lo sé porque estaba allí, alimentándome del humo, de las copas, de miradas fugaces llenas de urgencia algunas, aritméticas y automáticas otras, cansadas casi todas, a pesar del esfuerzo inútil por disimularlo con antiojeras, rimel, sonrisas de mentira y enlatadas.

Un bar es un lugar que frecuenta gente que tiene cuentas pendientes con la vida, un par de rencores inconscientes quizás, que echan algo de menos o esperan lo que no pueden tener. Lo podemos llamar sexo, pero a veces simplemente es constatar que aún podemos gustar a una mujer, sentirnos bellos con según que miradas. Casi siempre es el miedo a la soledad el que nos lleva a estos lugares, tan llenos y a la vez tan vacíos, rodeados de esa artificialidad generalizada, pero aún así seguimos frecuentándolos porque a diferencia de otros lugares, aquí puedes seducir o intentar seducir con más garantías de éxito. Tratar de acorralar a la soledad. Y además seducir es divertido, pero no vayamos a confundir el juego de la seducción con el de la necesidad.

He jugado las dos variantes. He olvidado nombres y apuntado números de teléfono que no quise marcar, memorizados sólo como refugio del ego. He dejado mis besos urgentes a cualquiera que me devolvía la mirada, a precio de saldo, he ardido en fuegos llenos de ceniza, me he levantado con el alma cansada y he mirado inquisidor al espejo por si me sorprendía  alguna mirada que quisiera quitarme estas muescas frías en los labios. Solo encontré un poso de tristeza bien oculta a los ojos de la gente. Nada más.

Un éxito fugaz, la conquista, que sólo respira hasta pasado mañana, porque no es lo que uno busca a pesar del tiempo que se le dedica, que la vida es otra cosa, aunque su sabor prestado respira unos días más y otorga una belleza efímera (cualquier sensación prestada está condenada a desaparecer) adulterada desde el principio pero que en ocasiones más nos vale no dejar escapar esa sensación mientras dure. Más nos vale.

Las cosas cambian cuando intentas honestamente vivir como piensas, y no pensar como vives. Que la vida sea la mejor consecuencia por nuestra causa. Que no nos conformemos con sueños mediocres al alcance de todos. Los buenos sueños son exclusivos, no puede ser de otra forma.

Ahora voy a los mismos bares, pero todo cambia porque mis causas son otras. No necesito nada más que disfrutar el momento sin esperar nada. Sólo compartir mi vida con algún ángel distraído vale más que los besos torpes que di tiempo atrás.

Ayer, a pesar de la gente, estabas tú y tu amiga, mi amigo y yo. Nadie más. No había camareras provocándome suspiros ni el relaciones públicas (así podrían llamar a los bares de copas) nos invitó al chupito de whisky de rigor, para brindar por lo que sea pero brindar, nadie empujándonos al pasar por tu lado ni por el mío. Nada de chicas pretendiendo seducirme a base de codazos,  roces y sutilezas en su memoria de alcohol. Otras noches puede que lo lograran, pero no anoche.

Porque anoche había un ángel en aquel bar de Madrid.

Estabas en el lugar con más clase del bar, no podía ser de otra manera, el más surrealista, como esos cuadros de Van Gogh que los que ven con ojos sin sueños consideran horribles; un sitio destinado a un ángel, con las luces girando suaves sobre tu cabeza, nubes azules moviéndose como olas en la pared. Una pista inconsciente que generosa dejabas por si alguien miraba las señales…

Te movías tan etérea que se antojaba suicida tratar de pronunciar tus pisadas.

No llevabas alas pero te reconocí por la mirada, por tu cara que mal esconde alguna luna, con esa belleza de otro tiempo, de siempre. Fuera de los círculos de la edad. A salvo del paso inexorable del tiempo.

Tus ojos aleteaban regalando miradas, posándose en los míos de cuando en cuando, diciendo a gritos a quien quisiera o supiese escuchar que la vida no es instrumento ni de cobardes ni de ciegos.

Pensé, mientras veía lo bien que se mueven los ángeles fuera de su cielo, que haría un ángel en aquel cementerio de alas caídas. Un refugio para torpes, felices si mañana se parece al día anterior, viviendo la aventura en una serie de televisión, en un libro lleno de bostezos que pasa sin pena ni gloria por nuestra retina.

No tenías alas, pero no hacía falta, bastaba mirarte para entender que eres de las que se cuelan en los rincones de nuestra vida para probarnos de qué pasta estamos hechos, como pruebas invisibles que al verlas tenemos que realizar, o no. Agujeros negro que nos arrastran irremediablemente a su centro.

Imaginé lo bonito que sería poder formar parte de tu vida un momento.

Entonces me pregunté que podría regalar a un ángel que no tuviera. Otros lo intentaron antes, pero no sabían que eras un ángel y te ofrecieron carne y sudor, materia y energía degradada a calor, como si fueras igual al resto, una humana más.

Con cada pensamiento racional cada vez sabía menos, más teorías se apilaban sobre mi determinación. Estaba condenado a no acercarme a ti, pero tu mirada  me desarmó una vez más, y así, con toda la naturalidad del mundo, sin la carga de las maneras comunes y gastadas de acercarme a alguien, supe que podría regalarte pasión, que no sexo, ilusión, y no mentiras convenientes; simplemente mi corazón en bandeja reflejado en unas palabras escritas desde un lugar ajeno a la lógica:

Esta locura viene de ver ángeles con alas blancas entre humanos que sueñan con que mañana sea un poco mejor, mientras nostalgian besos que nunca recibí (ni recibiré) de ángeles como tú”

El mensaje estaba escrito y ya no había marcha atrás. Saldría de ese bar mirando al cielo o a sus nubes. La prueba invisible estaba a la vista.

Me olvidé de lo cobarde que he sido en tantas ocasiones; comprendí que no soy el mismo del día, del mes anterior. Y sin pensar fui a tu lado, rompiendo de una patada las rutinas perezosas del quiero y no puedo.

No salieron las mejores palabras de mi garganta, rota por los excesos del día anterior, acallada por el volumen de la música, ni dominé los nervios en ciertos momentos, pero estuve jugándome el alma contigo, y cuando se hace, siempre se sale victorioso, porque la vida es para tener el valor de probarnos cada día, de luchar por lo que creemos que merece la pena.

A veces cuando pierdes, ganas.

Ella leyó el mensaje, la primera de manera casi automática, con dudas sobrevolando su cabeza, quizás preguntándose de que iba todo esto; pero seguimos hablando y comprobó que no era un tipo raro,  sino una persona que simplemente comete la locura de arriesgarse, que está aprendiendo a dejar de lado la lista de haceres y deberes cotidianos y se empeña en ser él mismo, pese a quien le pese.

Al poco fuiste tú la que me pediste el móvil para volver a leerlo, aunque en el fondo esa era la primera vez, y se sintió orgullosa por que esas palabras la tuvieran a ella de destinatario. Nos despedimos y me fui de aquel bar con la vista en el cielo y feliz por haber luchado por un sueño. A mi manera, lo conseguí, y aunque me encantaría no hay nostalgia de no volver a verte, porque hay más ángeles rondando en este escenario cambiante que es la vida, esperándonos hasta que estemos preparados.

Me sumergí tanto en la vida aquella noche, que cuando salí afuera sólo veía en el resto de la gente una procesión de escaparates.

Espero que te tomaras el mensaje como una poesía onírica y creas que te llamo ángel como un recurso poético, que no pierdas esa naturalidad que da el intuir pero no saber cuánto vales y lo bueno que puedes sacar de la gente que tiene la suerte de cruzar sus pasos con un ángel.

Me fui a casa, porque mi vida de normas estúpidas me requería allí. Me despedí con dos besos y un cuídate. Por respeto a un ángel, llegué más tarde que de costumbre. Cuando llegué a la habitación sentí un cosquilleo en la espalda, y dormí feliz, envuelto en plumas blancas con destellos azules.

Aunque no hubiera estado mal que me hubieras invitado a tu cielo, ese que no alcanzo.

Octubre 2005