Naranja

Cuando el día comienza a desdibujarse y la noche aún no se manifiesta, los extremos se aproximan ante el cambio de guardia. Ese puente que siempre es un lugar de paso entre dos mundos, corredor de la vida y la muerte, como la ceniza incandescente que en un extremo ya es ceniza y en el otro aún papel y tabaco virgen.

Anuncio ante un inminente cambio, mezcla holística, el último estertor de una hoja de otoño. Colocas tu umbral entre la pausa y el movimiento frente a un paso de cebra, instauras tu limbo donde se dan la mano de donde venimos y adonde vamos.

Rojo y amarillo en perpetua luna de miel, energías opuestas haciendo un 69 existencial, tu cordón umbilical que une mi yin a mi yang.

Porque al final, tras esconderse entre metáforas y símbolos por entre los estantes de los párrafos, el naranja me asalta con toda su fuerza desde las sábanas, y me quedo con la duda de si hablo del naranja.. o de ti, escondida en cada color, en cada actitud, en cada párrafo anterior..

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Desahucio

DeSaHuCio

También les llegó la orden de desahucio a muchas palabras, La casa del indulto, que antes alojaba a individuos recuperados para vivir en sociedad, los enjuiciados erróneamente. Daba humanidad a la justicia, saliendo un poco de la regla, usando artículos del corazón y no la caja registradora. Pero progresivamente, empezó a usarse para alojar a políticos y policías, jueces y obispos. Era necesario que no hubiera registro de la torpeza de haber sido pillados, antes se les castigaba a escarnio semipúblico para justificar la funcionalidad óptima de la Justicia, y luego se los sacaba por la puerta de atrás, cuando el pueblo tenía el siguiente cabeza de turco para volcar nuestro odio y sentirnos mejores personas. Mejores estúpidas personas.

Cuando la fórmula del indulto comenzó a resultar demasiado evidente,(los indultados se salían literalmente por las ventanas), decidieron que sería más práctico excusar y defender a los que seguían sus órdenes, no manchar historiales de antidisturbios, como si fueran una suerte de Rey Arturo y Lanzarotes, con la justicia emanando del corazón, puros y libres de toda culpa.

Uno no sabe

Uno no sabe

Uno no sabe donde están esos ojos que uno debe mirar, al menos una vez en la vida, para que haya sentido en las búsquedas y las estrategias, que tengan motivo las horas en la azotea, observando el mundo desde arriba, a la altura de los pájaros, con la calma de las diminutas arañas rojas que tapizan el suelo, un poco despegado del rumor de la calle y las personas de allá abajo. Allí donde la mirada adquiere profundidad, abandona su espacio contenido y no solo recibe lo de fuera sino que se desplaza, quedándose pegada a una paloma, una nube a la deriva, un atardecer; me arrastra consigo y experimento todo lo que puede abarcar un instante. Lo que llenan las cosas cuando te quedas vacío de actividades superfluas. Sin nada más que hacer que permanecer ahí, a la velocidad de aquella nube. La lista de prioridades se reorganiza casi automáticamente, sintiendo la noche que se aproxima, se separa lo urgente de lo importante como el agua del aceite, así de fácil, haciendo justo lo contrario a lo que se suele hacer, pensar hasta la extenuación.

Uno no sabe donde están esos ojos, y lo peor es que uno no sabe si tal vez han estado antes pero no fue capaz de verlos, o peor, tenerlos frente a uno ahora mismo y no reconocerlos por estar metido en una equivocación, solapados en el nombre del amor celos y posesiones, autopromoción y regates poco fructíferos a la soledad.

Para eso están esas horas, para quitarse la lista de velos, el polvo en la mirada. Para comprender, analizar sin prisa nuestras acciones, dejar que las sombras se escurran por la fachada, y así regresar a la altura de las aceras y las personas, con mi brújula orientada hacia tu Norte, aprendiendo a no rendirme del todo, poder esperarte y así, cuando al fin reconozca esos ojos que uno debe mirar al menos una vez en la vida, recorrer un día el camino abierto desde tu mirada hasta el fondo de tus ojos, enemigos de puntos finales e imposibles, y reconocerme en ellos.

Recorrer un día esa mirada esperando que detrás estés tú esperándome.